domingo, 11 de septiembre de 2011



Pesadilla

No hubo una primera imagen que poder reconocer. Charcos de agua clara en el suelo, y de pronto, gotas que salían de éstos alzándose hasta el cielo, un cielo cubierto de tinta negra. Paseé por aquel recóndito lugar, admirando las gotas relucientes que centelleaban a mí alrededor, alargué la mano para cazar una de éstas. Un sentimiento se adentró en mi cuerpo, surcando mis venas con furia, e inmediatamente todo se transformó. La oscuridad se disipó de forma brusca para dejar paso a la calidez de un día soleado, con los pies en la arena, las olas del mar rompiendo a escasos metros de distancia, y la suave brisa revolviéndome el cabello. Aspiré con parsimonia a sabiendas de que el tiempo dependía de mí en aquel lugar.
Alcé la mirada para ver cómo las palomas surcaban el inmaculado cielo, libre de nubes molestas, y brillando con serenidad.
Avancé hacia la orilla para sentir la calidez del agua al contacto con mi piel. Sentí cómo todo a mi alrededor se resquebrajaba en mil pedazos, como si de una bestia salvaje se tratase, incontrolable, comprobé cómo aquel lugar se desmoronaba en trozos de cristal llenos de recuerdos.
Entonces, caí en un mar de oscuridad, sintiendo la fuerza de la gravedad sobre mí, empujándome con violencia.
Desperté tirado en el frío suelo de mi cuarto, con el viento azotando la ventana, y la pesadilla recién vivida haciéndose pequeña en mi mente, perdiéndose para siempre.

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