Pesadilla
No
hubo una primera imagen que poder reconocer. Charcos de agua clara en el suelo,
y de pronto, gotas que salían de éstos alzándose hasta el cielo, un cielo
cubierto de tinta negra. Paseé por aquel recóndito lugar, admirando las gotas
relucientes que centelleaban a mí alrededor, alargué la mano para cazar una de
éstas. Un sentimiento se adentró en mi cuerpo, surcando mis venas con furia, e inmediatamente
todo se transformó. La oscuridad se disipó de forma brusca para dejar paso a la
calidez de un día soleado, con los pies en la arena, las olas del mar rompiendo
a escasos metros de distancia, y la suave brisa revolviéndome el cabello. Aspiré
con parsimonia a sabiendas de que el tiempo dependía de mí en aquel lugar.
Alcé
la mirada para ver cómo las palomas surcaban el inmaculado cielo, libre de
nubes molestas, y brillando con serenidad.
Avancé
hacia la orilla para sentir la calidez del agua al contacto con mi piel. Sentí
cómo todo a mi alrededor se resquebrajaba en mil pedazos, como si de una bestia
salvaje se tratase, incontrolable, comprobé cómo aquel lugar se desmoronaba en
trozos de cristal llenos de recuerdos.
Entonces,
caí en un mar de oscuridad, sintiendo la fuerza de la gravedad sobre mí,
empujándome con violencia.
Desperté
tirado en el frío suelo de mi cuarto, con el viento azotando la ventana, y la
pesadilla recién vivida haciéndose pequeña en mi mente, perdiéndose para
siempre.



