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domingo, 11 de septiembre de 2011



Pesadilla

No hubo una primera imagen que poder reconocer. Charcos de agua clara en el suelo, y de pronto, gotas que salían de éstos alzándose hasta el cielo, un cielo cubierto de tinta negra. Paseé por aquel recóndito lugar, admirando las gotas relucientes que centelleaban a mí alrededor, alargué la mano para cazar una de éstas. Un sentimiento se adentró en mi cuerpo, surcando mis venas con furia, e inmediatamente todo se transformó. La oscuridad se disipó de forma brusca para dejar paso a la calidez de un día soleado, con los pies en la arena, las olas del mar rompiendo a escasos metros de distancia, y la suave brisa revolviéndome el cabello. Aspiré con parsimonia a sabiendas de que el tiempo dependía de mí en aquel lugar.
Alcé la mirada para ver cómo las palomas surcaban el inmaculado cielo, libre de nubes molestas, y brillando con serenidad.
Avancé hacia la orilla para sentir la calidez del agua al contacto con mi piel. Sentí cómo todo a mi alrededor se resquebrajaba en mil pedazos, como si de una bestia salvaje se tratase, incontrolable, comprobé cómo aquel lugar se desmoronaba en trozos de cristal llenos de recuerdos.
Entonces, caí en un mar de oscuridad, sintiendo la fuerza de la gravedad sobre mí, empujándome con violencia.
Desperté tirado en el frío suelo de mi cuarto, con el viento azotando la ventana, y la pesadilla recién vivida haciéndose pequeña en mi mente, perdiéndose para siempre.

jueves, 1 de septiembre de 2011


Lo siento

El dolor que te causé aún permanece en mí, huella imborrable de tus sentimientos. Con el alma dañada de por vida, y las venas destrozadas. El cabello mojado bajo la tormenta, gotas de agua cargadas de culpabilidad que azotan mi cuerpo con brusquedad, pues es lo que me merezco; nada más. 
Te dejé marchar, lágrimas resbalando por tu rostro ensuciado tras mis actos, y el amor que un día compartimos marchitándose a cada paso que dabas bajo la lluvia, alejándote de mí. 
Te herí y no merezco perdón, te herí y siento temor, temor por saber que si pudiéramos volver a encontrarnos nuestras miradas nunca llegarían a tocarse. Pues nos comunicarían inmediatamente el dolor que ambos sentimos. Ese dolor que permanecerá hasta en el recuerdo más cercano. Viendo cómo cae la arena en el reloj, granito tras granito, y saber que lo que un día terminó, ya no tiene solución. 

lunes, 29 de agosto de 2011


El sentimiento más bello

Incandescente tu mirada, que resaltaba hasta en el día más soleado. Una sola sonrisa que borraba todo lo malo, y nuestras manos acercándose despacio. Un roce por el que saltaron chispas, y ardieron montañas. Un abrazo que nos unió para toda la eternidad. Un abrazo que fue nuestro mejor aliado para sobrellevar la soledad. Horas incontables el uno junto al otro, horas que no olvidaré jamás. Y al final, tras un mundo que se perdía en nuetros recuerdos, solos tú y yo frente al mayor de los sentimientos, ése que nos indujo en una pieza de baile y que nunca terminará. 

miércoles, 24 de agosto de 2011




Egoísta

No puedes evitarlo, te sientes culpable. Si no fuera por ti, él no hubiera muerto. Si no fuera por ti, tus padres no se hubieran separado.
Me contemplo en el espejo, que refleja la fría realidad que gira a mí alrededor y me gustaría evitar al mismo tiempo. Pero no es así, me siento insufriblemente culpable. No hay problema, sé cuál es el camino para arreglarlo todo. Ahora el espejo me devuelve la sonrisa torcida que han dibujado mis labios.
De forma predeterminada saco el trozo metálico que siempre llevo en el bolsillo, después, todo es una sucesión de sentimientos e imágenes en mi cerebro.
Siento cómo la primera gota resbala de mi muñeca para caer justo al lado de mis pies.
Manchas rojas que ensucian el inmaculado color blanco del cuarto de baño.
Y cuando creía que todo estaba ya sentenciado y olvidado, siento cómo la irritante culpabilidad permanece intacta en mi pecho, y no termina de difuminarse como de costumbre. Es necesario volver a intentarlo.
Procedo una vez más, el dolor que produce el diminuto metal al rajar mi piel es insignificante comparado con la inmensa sensación de paz que escala por mi cuerpo en forma de corrientes eléctricas.
Ahora sí, la molesta sensación instalada en mi pecho desde el fatídico momento en el que todo sucedió desaparece por completo. Sólo queda limpiar las huellas de mis actos y regresar a la vida real, en la que deberé enfrentar el día a día cómo una mochila tremendamente pesada colgada a mi espalda. Rezando porque todo se acabe lo antes posible.